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viernes, 7 de noviembre de 2014

Cuento: Lula y Hada Reflejo.

LULA Y HADA REFLEJO  
Un cuento de Carmen Rosa Aguayo (Parte 1)


          Había una vez una niña que vivía en una casita del claro del bosque. Era alegre y divertida. Sus papás la querían mucho y la cuidaban muy bien.
Un día que se estaba bañando en la poza del arroyo, se fijó en el sauce, que estaba dentro del mismo cauce. Vio un pajarito posado en una rama. Éste, saltó al viejo chopo, que estaba en la orilla y finalmente, voló hacia un olmo. Unas crías lo esperaban en el nido de aquel cálido árbol, un poco apartado. Lula, que así se llamaba la niña, salió de la poza, se calzó y se acercó al árbol. El nido estaba alto pero ella sabía trepar muy bien. Trepó, se asomó con mucho cuidado, para no molestar a las crías y ¡oh, sorpresa!, dentro del nido, ¡había un huevo de oro!
-¡Cómo brilla! -exclamó.
Lo cogió con cuidado y lo guardó en su bolsillo. Ya en su casa, buscó una cestita de mimbre, le puso un pañuelo suave y lo colocó bajo la lámpara. Sería su tesoro. No se lo diría a nadie. "Será mi secreto -se dijo -los mayores buscan, a veces, el valor de las cosas midiéndolas en monedas y este tesoro vale más que todas las monedas del mundo juntas".
Lo guardó muy bien y se quedó satisfecha. Cada día, Lula miraba con curiosidad su tesoro. “¡Qué bonito es!” se decía encantada.
Lo arropaba con el pañuelo y le daba calor con la lámpara. Luego, lo guardaba a buen recaudo. Así, pasaron los días y a la segunda semana, una mañana soleada, Lula notó cierto ruido que procedía de su cestita. Se acercó a mirar y vio que el huevo se movía levemente.
¡Oh! -se dijo asombrada -¡se mueve!
Se escuchaban unos golpes dentro del huevo, como de alguien queriendo salir.
-¿Será un pajarito de oro? -se preguntó Lula.
De pronto, el huevo comenzó a resquebrajarse. Alguien intentaba agrandarlo para romper aquella envoltura dorada. Al poco, vio un pico queriendo salir y detrás de él, unos ojos redondos y hermosos.
¡Vaya! -exclamó Lula asombrada.
Por fin toda la cáscara dorada se rompió dejando paso a una preciosa ave del paraíso.
Lula, no podía dejar de mirar. El pájaro estaba envuelto en un halo de luz blanca que resplandecía con intensidad. De pronto, el ave comenzó a transformarse y dentro de aquella esfera luminosa fue apareciendo lentamente una persona diminuta.
-¡Es una niña! -pensó Lula, -¡Que hermosa!
El ave se había transformado en una pequeña hada, un poco sorprendida.
-¡Hola! -dijo
-¡Hola! -dijo la niña -¿tú quien eres? -preguntó.
-Soy Hada Reflejo -dijo el hada.
-¡Vaya! Y ¿de dónde vienes?
-Del bosque -dijo.
-¡Ah! Sí... -dijo la niña, que recordó el nido del herrerillo del Olmo.
-¿Qué lugar es este? -preguntó el hada.
-Mi habitación -dijo Lula -estabas en el nido del herrerillo, junto al arroyo y...
-¡Ah! Sí, ya me parecía a mi que esto no es un árbol del bosque.
-¿Por qué estabas en ese nido?
-Posiblemente, debí caerme de más arriba, no sé, no importa, las hadas nacemos en cualquier lugar del bosque y muy cerquita de nuestra “protegida” -contestó Hada Reflejo.
-¿Qué significa “nuestra protegida”? -pregunto Lula.
-La niña que venimos a proteger, a estar con ella hasta que se pase su problema. -respondió el hada.
-¡Ah! Esa debo ser yo, pues, yo era la que estaba más cerca... Pero, ¿Cuál es el problema?
-¡Pues alguno que te debe estar rondando por la cabeza! ¡Tú sabrás! Yo vengo a ayudarte con él. -dijo el hada.
-Pero..., ¡si yo no tengo ningún problema!
-¡Vaya! Esto es más grave de lo que esperaba. Creo que he caído en un lugar equivocado.
-¡Anda! Pues debe ser que al coger el huevo, impedí que llegaras a tu protegida -dijo Lula, sintiéndose un poquito incómoda.
-Tal vez, puede ser...
-¿Y qué hacemos ahora?
-¡Buscarla! Hemos de saber cuanto antes a quien debo ayudar y proteger. Tal vez me necesite.
-Está bien. Te acompaño. ¿Por dónde empezamos?
-Preguntemos a los árboles del bosque, -dijo el hada -ellos sabrán decirnos.

Junto al arroyo, estaban el sauce, el chopo y el olmo. El sauce, dentro del agua, el chopo en la orilla y el olmo, un poquito más apartado. Los tres formaban un rincón muy especial junto a la poza.
Preguntaron al sauce, pero éste estaba tan entretenido con la corriente de agua que bañaba sus pies, que no sabía nada. Preguntaron al chopo que, igualmente, dijo que el sonido del viento en sus hojas nuevas, lo tenia embelesado y no había prestado atención. Finalmente, preguntaron al viejo olmo que,apartando sus ramas, les indicó el nido de los herrerillos.
-Ellos saben el secreto -dijo con voz grave y volvió a silenciar.
Los herrerillos iban y venían trayendo insectos al nido. Las crías piaban sin cesar. Los herrerillos, siempre dispuestos, las condujeron a un claro del bosque, donde el arroyo se remansaba. Allí, había una anciana vestida de blanco, con los cabellos también muy blancos y la cara muy luminosa.
La niña y el hada se acercaron a la anciana y le preguntaron si sabía el secreto de Hada Reflejo. Ella les contestó con dulzura.
-¡Claro!, pequeña. El hada Reflejo es tu protectora.
-¡Pero, si yo no tengo problemas! -dijo Lula.
-No tienes problemas porque no has mirado. Mira bien y te darás cuenta de que algo te ocurre. Hemos escuchado tu voz y también tu llanto en la noche, mientras dormías.
-¡Vaya! ¡Es cierto! -dijo la niña – A veces me despierto muy triste y asustada... Entonces, llamo a mi mamá, pero ella, no viene porque está muy cansada y no me oye...
Y añadió dirigiéndose a la anciana:
-¿Y tú cómo lo sabes?

Continuará...


Cuento: Lula y Hada Reflejo.





Lula y Hada Reflejo (parte 2)

Un cuento de Carmen Rosa




-¿Y tú cómo lo sabes?
-Yo soy La Maga del Bosque. Los habitantes del bosque te queremos ayudar. El hada Reflejo será tu guía. Con ella descubrirás qué te ocurre.
-¡Anda! -dijo el hada, -pero, ¡si yo no sé cómo hacerlo!
Ahora, la Maga se dirigió a ésta:
-Piensa en tu nombre y encontrarás la clave -dijo -igual que conocías tu nombre al nacer, conocerás en cada momento como ayudar a Lula, la niña de los sueños tristes.
Y dicho esto, la Maga del Bosque se rodeó de un halo de luz y desapareció caminando por donde se perdía el río. Luego, una mariposa blanca revoloteó mientras soplaba un viento suave.
Lula y Hada Reflejo regresaron contentas por aquella magia, pero preocupadas porque debían descifrar el secreto de los sueños tristes.
-¡Ya lo tengo! -dijo Hada Reflejo -esta noche cuando te quedes dormida, te observaré muy de cerca y miraré tu sueño.
-¡Vale! -dijo Lula -así sabremos de donde vienen y por qué son tristes mis sueños.
Y así lo hicieron. Cuando Lula se quedó dormida, el hada se dispuso a observar. Pero, el sueño triste de Lula tardaba en llegar y al hada se le cerraban los ojillos. Hasta que finalmente, esta también se quedó dormida.
Entonces aparecieron siete duendes muy pequeñitos que se reunieron junto a la cama de Lula. Sentados en círculo, hablaban muy bajito. Al parecer tenían un problema. Estaban muy preocupados y algunos de ellos lloraban. Lula comenzó a agitarse en sus sueños, se contagió de la tristeza y tras varios gemidos, rompió a llorar. El ruido despertó al hada y en ese momento, los duendes ¡fiuuun!, desaparecieron corriendo.
Entonces, Hada Reflejo abrazó a Lula amorosamente. Ella sabía que, en este momento, solo podía hacer esto. La niña se tranquilizó y luego preguntó al hada:
-¿Qué ha pasado? ¿Qué averiguaste?
-¡Me quedé dormida!
-¡Oh!
-Pero..., escuché unos ruidos extraños al despertar, como de ratones corriendo para no ser vistos...
Pasaron el día juntas, tratando de resolver el enigma. A la noche siguiente, repitieron la vigilancia. Cuando Lula se durmió, Hada Reflejo, se quedó muy cerquita de ella, observando sus sueños. Pero, esta vez, un herrerillo le había soplado una idea al oído y ella la llevó a cabo:
"Conviértete en búho y como es un ave nocturna, no te dormirás."
Y así fue. Con un solo pensamiento deseó ser búho y su deseo se hizo realidad al instante. Voló hacia la ventana y se quedó en el alféizar, muy quieta, con los ojos muy abiertos. Entonces vio cómo de varios rincones de la habitación fueron apareciendo siete duendes diminutos. Se sentaron en círculo, muy cerca de la cama de Lula y comenzaron a hablar. Vio que estaban muy tristes y preocupados. Aguzó el oído y trató de escuchar lo que decían.
-Es un asunto muy difícil de resolver -decía uno de los duendes.
-Hoy he preguntado al resto del poblado y nadie ha descubierto nada nuevo -dijo otro.
-¿Dónde pueden estar nuestros pequeños? -dijo una duende mientras se enjugaba una lágrima -no podré soportarlo mucho más...
-Tres semanas han pasado ya y no hay ni rastro de ellos.
-La Anciana Mayor dice que solo con la ayuda de una niña humana, podremos encontrar a nuestros hijos desaparecidos.
-¿Crees que esta niña podría ayudarnos? -pregunto otra duende.
-Sí. Solo ella puede hacerlo.
-¿Y cómo?
-No lo sé. Puede asustarse si nos ve. Es un enigma que hay que resolver cuanto antes.
Luego, los duendes se retiraron con gesto preocupado y desaparecieron por distintos lugares de la habitación de Lula.

A la mañana siguiente, Hada Reflejo le contó todo lo sucedido a la niña que quedó muy asombrada.
-Pero... ¿cómo pedo ayudarlos? Yo no sé nada de los duendes perdidos!
-¡Pues, lo averiguaremos! -dijo el hada -lo primero que haremos será sorprenderlos esta noche.
-Se asustarán mucho.
-Lo haremos con cuidado.
-¿Cómo?
-Así...
El hada le habló al oído a Lula y ésta asintió sonriendo.



 Cuando llegó la noche, la niña se fue a dormir como cada día y el hada se convirtió de nuevo en búho. Al poco, los duendes comenzaron a salir y a reunirse junto a la cama de Lula. Formaron un círculo y disertaron sobre la solución de su problema.
Entonces, Lula, que había fingido el sueño y estaba muy quieta en su cama, comenzó a sollozar como cuando lo hacía en sueños. Los duendes, acostumbrados, no le hicieron caso, bajaron el tono y continuaron hablando.
La niña comenzó a gimotear y decir palabras sueltas. Lo hacía muy bien, parecía que realmente estaba dormida. El hada se acercó revoloteando a la cabecera de la cama y comenzó a ulular, tal como habían planeado ambas. Los duendes prestaron atención.
El búho habló a la niña:
-¿Qué te pasa pequeña?
Los duendes se quedaron expectantes, mirándose sorprendidos, pero no se movieron, los búhos son aves muy respetadas por los duendes. Lula, contestó, como si hablara en sueños:
-Que estoy triste...
-¿Por qué?
-Porque quisiera ayudar a alguien y no encuentro a quién...
-¿Quieres ayudar a alguien?
-Sí. Me gustaría mucho...
La niña fingía llorar.
-¿Crees que podré encontrar a alguien que me necesite? -dijo al búho.
-Es difícil... -dijo éste, guiñando un ojo a la niña sin ser visto.
En ese momento, los duendes se miraron y asintieron con la cabeza. La mayor del grupo, se levantó y se acercó a la cama.
-¡Eh! Búho...
-¿Si?
-Nosotros podríamos ayudar a esta niña.
-¿Si?
-Necesitamos que ella nos resuelva un enigma.
En ese momento, Lula se incorporó en su cama, asintiendo con una enorme sonrisa.
-¡Claro! -dijo -¡yo puedo ayudaros!
Todos soltaron un profundo suspiro. Habían estado reteniendo el aliento. No querían que ningún humano los viera, pues, podían apresarlos y maltratarlos. No sabían que hay humanos de buen corazón.
Lula se levantó de la cama y se sentó con ellos en el suelo. El hada se quedó en el alfeizar de la ventana hasta que los duendes se confiaran un poquito más.
-Veamos, -dijo la niña -¿Cuál es la situación?
-Hace unas semanas nuestros hijos pequeños desaparecieron y no sabemos dónde están -le contestó la duende mayor.
-¿Cómo ocurrió?
-Estábamos celebrando la fiesta de Primavera, organizando, bailando, comiendo...
-Ya veo. ¿Y qué hacían los niños?
-Jugaban en la pradera. Cuando acordamos, ya no estaban, habían desaparecido. -dijo la duende.
-Ahora, estamos muy preocupados -dijo otro -los hemos buscado por todas partes y nada.
Lula se quedó muy pensativa tras escucharlos y luego resolvió:
-Mañana temprano, iremos a esa pradera. Y luego, preguntaremos a la Maga del Bosque.
En ese momento, Hada Reflejo aprovechó para hacerse notar y dejar su forma de búho.
-Estoy de acuerdo -dijo.
Los duendes se miraron esperanzados, se retiraron contentos y todos se fueron a dormir.
Lula despertó alegre, desayunó pronto y salió con Hada Reflejo a la pradera. Miraron y remiraron por todas partes. No había ningún rastro de los pequeños. Nada que les diera un pista.
-¡Hada! -dijo -¡Vamos a preguntarle a la Maga del Bosque!
Sin pensarlo dos veces, Lula salió corriendo hacia el claro donde habían encontrado a la Maga la última vez. Pasaron junto al arroyo, el sauce, el chopo y el olmo y por fin, llegaron al claro del bosque.
Una mariposa blanca revoloteó sobre sus cabezas.
Las dos comenzaron a llamar muy suavemente a la Maga, sabían que los gritos no le agradaban. Solo acudiría con voces suaves.





Continuará...

Cuento: Lula y Hada Reflejo.


Lula y Hada Feflejo.

(Parte 3)
Un cuento de Carmen Rosa






Y así fue, tras un rato de espera, una bola de luz apareció por el arroyo y se acercó a ellas.
-¿A qué vienen esas voces? -dijo la maga.
Lula y Hada le explicaron lo ocurrido con los duendes y le preguntaron si ella podría ayudarles.
-Sí -contestó. -Decidle a los duendes que deben buscar en un lugar muy cercano, que está escondido y es luminoso. Allí encontrarán la respuesta a su pregunta.
-¿Sabrán dónde se encuentran sus hijos si buscan en ese lugar? -preguntó Lula.
-Sí. Así es -dijo la maga.
-Y ¿dónde se encuentra ese lugar?
-Eso deben averiguarlo ellos.
Y dicho esto, la Maga de Bosque se retiró iluminando el sendero.
Lula se quedó pensativa.
-Un lugar cercano, escondido y luminoso... ¿Dónde estará ese lugar?
Esa noche, la niña y el hada, transmitieron a los duendes el mensaje de la Maga.
-No sé dónde puede estar ese lugar -dijo uno de ellos, tras escucharlas.
-Tal vez junto a la chimenea, pues está cerca y tiene luz cuando arde la leña -dijo otro.
-Pero no está escondida.
-Tal vez..., ¡en una bombilla de luz! -dijo uno más joven.
-No lo creo -contestaron varios.
-¡Ya lo tengo! -dijo la duende más anciana, -creo que se refiere al Sol.
-¡El Sol está muy lejos!
-¡Y no está escondido! -dijeron algunos.
-Hay un Sol dentro de cada uno de nosotros. Hay un Sol dentro de nuestro corazón.
-¿Te refieres al corazón?
-¡Claro! ¡Hay que mirar en el corazón: está cercano, está escondido y es luminoso! -dijo la anciana duende.
-¡Muy bien! ¡Ya lo tenemos!
-Hay que mirar en el corazón. Cada uno de nosotros buscará la respuesta dentro de sí mismo, mirando en la luz de su corazón -añadió Lula.
Dicho y hecho. Los duendes, la niña y el hada sentados en círculo, cerraron los ojos y se concentraron en la luz que sabían estaba dentro de su corazón.
Al poco, una pequeña luz fue apareciendo en cada uno de ellos, a la altura del pecho, justo en el lugar del corazón. Cuanto más se concentraban en la luz, más grande se hacía. Y así, fue aumentando hasta que se hizo enorme, envolviéndolos completamente. Entonces, la luz comenzó a proyectarse hacia el centro del círculo. De cada duende salía un rayo luminoso que se dirigía a un punto común y allí formaba una bola dorada de gran intensidad. Todos estaban asombrados pero no perdían la concentración porque entonces la bola se volvía opaca.
Al cabo de un rato, la esfera de luz se fue despejando, como si fuera una nube que se disipa. Y, allí, en medio de todos, dentro de la bola luminosa, apareció la imagen de los pequeños duendes, jugando en el prado, como lo hacían aquella tarde en que desaparecieron. De pronto unas aves negras enormes, los cogieron y se los llevaron volando. Fue tan rápido que nadie lo pudo ver.
Los duendes se preocuparon mucho. La bola dorada se puso opaca y dejó de brillar. Los rayos que salían del corazón de los duendes desaparecieron y todo quedó oscuro y en silencio.
Nadie se atrevía a hablar. Al fin la duende mayor dijo:
-Ya sabemos quien tiene a nuestros hijos. Ahora estamos cansados, mañana volveremos a intentarlo.
Lula y Hada Reflejo,también estaban muy cansadas y se retiraron a dormir.
Al día siguiente, los duendes hicieron de nuevo el círculo dorado y miraron muy atentos. La nube se disipó de nuevo y aparecieron los pequeños duendes en un lugar seguro. Estaban tranquilos y jugaban entre sí. Eran vigilados por las aves que los rodeaban y no dejaban que ninguno se escapara.
-Al menos están bien -dijo uno.
-Y están todos -dijo otro- los he contado.
-¿Qué lugar es este?
-¿Qué hacemos ahora?
-¡Yo conozco ese lugar! -dijo Lula- sé dónde se encuentra. He ido allí con mi padre a buscar setas.





Estaba a varias horas de camino y cerca de allí, en las paredes de la montaña, había una profunda cueva.
-Nuestros hijos están bien -dijo la duende mayor. -¡Es un alivio!
-Mañana, temprano nos pondremos en marcha y tú nos guiarás a ese lugar -dijo dirigiéndose a Lula.
-Muy bien. Yo os llevaré y Hada Reflejo nos acompañará.
Y así lo hicieron. Muy temprano, antes de que saliera el Sol, los duendes partieron hacia las montañas, guiados por la niña y el hada.
Llevaban unas mochilas con algo de comida por si el viaje se alargaba. El agua la tomarían del río, pues el camino transcurría junto a él.
Lula había contado a sus padres toda la historia de los duendes y pedía consejo sobre el camino. Su padre pensando que era un juego de su imaginación, le dio permiso y le explicó muy bien el trayecto. Luego, siguió muy ocupado en su trabajo, sin prestar demasiada atención. Su mamá iba con prisas y no pudo pararse a escucharla.
-Sí, cariño, juega con los duendes, luego me lo explicas -dijo antes de salir.
De este modo, partieron río arriba, hacia lugares más altos en busca de aquella cueva. El grupo estaba formado por quince duendes, Lula y Hada Reflejo. El sendero transcurría por la margen izquierda del gran río de aguas turbulentas. Poco a poco se fueron adentrando en las montañas y el curso se fue estrechando. La corriente era rápida y caía en cascadas conforme el paisaje se volvía más angosto. Lula iba muy atenta para no perder ninguna señal que le desviara de la ruta.
Al cabo de varias horas, el cielo se fue oscureciendo y comenzó a llover. La comitiva se cubrió con prendas de abrigo y aligeró el paso. Pronto llegaron a una aldea donde pudieron cobijarse bajo el techado de un viejo lavadero, junto a un manantial de agua. No vieron a nadie. Estaban cansados y cabizbajos. La ascensión había sido dura y la lluvia caía ahora con más fuerza.
Hada Reflejo propuso:
-Este es un buen sitio para comer.
-Buena idea -dijo Iona, que así se llamaba la duende más mayor -pronto escampará, las nubes se mueven rápido.
Y dicho esto, un rayo de sol se dejó ver haciendo brillar el agua del manantial.
-¡Mira! -dijo un duende -¡ha salido el arcoiris!
-Pronto podremos seguir nuestro camino.
Los duendes se pusieron más alegres. Al poco, terminaron su comida, recogieron y partieron tras de la niña y el hada.
Recorrían ahora un carril ancho rodeado de bosques de pinos, hayedos y robles. Ya no llovía apenas y el viento les secaba la ropa. La temperatura era buena y se empezaban abrir unos claros en el cielo.
Al pasar por unos roquedos, percibieron una sensación extraña. Como de sentirse vigilados. Había un gran pájaro negro sobre una roca. Este los observaba con sus ojos profundos, muy atento. Los duendes no le prestaron atención. De pronto, el pájaro lanzó un grito estridente, se elevó en vuelo rasante sobre ellos y pasó muy cerca, perdiéndose tras la montaña. Todos se quedaron sobrecogidos pensando que se parecía a aquellas aves que se habían llevado a los niños.
Lula recordó los consejos de su papá:
“Cuando lleguéis al camino ancho, tras la aldea de la montaña, dejad el camino y cobijaros bajo los pinos. Hay un sendero paralelo muy bien resguardado por la maleza. En esta zona, hay aves poco amigables a las que no les gustan los intrusos. Mejor no molestarlas.”
Lula buscó el sendero y guió a la comitiva por este lugar más seguro y resguardado de la vista de las aves. Poco después, pasaron varias de ellas por el camino ancho que habían dejado. Parecía como si les estuvieran buscando.
Caminaban en silencio, sin hacer ruido. Tras varios vuelos rasantes, las aves se alejaron graznando.
-Creo que saben que venimos a buscar a los niños -dijo Iona comprendiendo que eran las mismas aves -es posible que nos lo pongan difícil.
-Ya estamos muy cerca del lugar -dijo Lula.
El sendero fue descendiendo ahora suavemente y tras una curva pronunciada, apareció una pared rocosa.





-¡Ya estamos! -dijo Lula.
Aquel era el lugar que buscaban. Conforme se acercaron más, pudieron comprobar que los niños duende no estaban allí.
Luego, se dirigieron a la cueva, pero tampoco estaban allí.
-¡Mirad! -dijo un duende. -¡Es el peluche de mi hija Sara!
-¡Han estado aquí! -dijo otro -hay un lazo rojo sobre este matorral.
-Está bien -dijo Iona – miremos más adentro.
Hada Reflejo prendió su varita mágica y todo quedó iluminando.
Dentro no había nada.
-Descansemos aquí. Luego pensaremos qué hacer -propuso la duende.
-Muy bien -dijo Hada Reflejo, que seguía iluminando la cueva. Todos se fueron acomodando con los ánimos muy bajos.
La tarde estaba gris y se oscurecía por momentos. Al poco, se desató una enorme tormenta. Los truenos eran muy fuertes. Ellos estaban a salvo de la lluvia y de los rayos aterradores.
Entonces vieron que se acercaban volando varias aves negras. El hada hizo desaparecer la luz rápidamente. Todos se apresuraron a resguardarse en lo profundo de la cueva. No había duda, los buscaban a ellos. Pasaron muy cerca, escudriñando cada rincón del bosque. Cuando parecía que se habían marchado, aparecieron de repente en la boca de la cueva, graznando con fuerza. Sus penetrantes ojos se fijaron en la oscuridad de la cavidad, queriendo ver dentro de ella. Estaban a punto de entrar cuando un rayo fulgurante, inmediatamente seguido de un trueno aterrador, las detuvo. Retrocedieron, elevaron el vuelo y se marcharon bajo la fuerte lluvia.





Continuará...
















Cuento: Lula y Hada Reflejo.


 Lula y Hada Reflejo. 

(Parte 4)


Carmen Rosa 




Todos dieron un respiro y esperaron un poco más hasta estar seguros. Ahora, debían tener mucho cuidado. Decidieron pasar allí la noche. Pondrían vigilancia por turnos. Comieron algo de sus mochilas y se quedaron un largo rato en silencio. Era conveniente no llamar la atención.
Iona, propuso repetir la experiencia del día anterior para saber algo más de los pequeños. Todos asintieron, se colocaron en círculo, en un lugar muy seguro del interior de la cueva y comenzaron a mirar la luz del corazón.
De nuevo, comenzó a brillar en cada uno de ellos, una luz que se fue agrandando poco a poco. Luego todos los rayos se unificaron en el centro y apareció, de nuevo, un sol radiante. Al poco, la esfera se fue despejando y mostró otra imagen: los pájaros negros cogían a los niños duende y los trasladaban a otro lugar.
Esta vez fue Iona, la duende más anciana del grupo, la que reconoció el nuevo escondite.
-Sé donde están. -dijo- Yo nací en esa zona y conozco las montañas. Yo os guiaré.
Lula dio un respiro, pues ella no sabía más allá de donde estaban ahora. Y ¡ya era lejos de casa! De pronto se acordó de sus papás. ¿Qué pensaría cuando no la vieran regresar esa noche? Se iban a preocupar mucho. ¿Cómo podría tranquilizarlos?
Hada Reflejo leyó en su rostro sus pensamientos y le habló con amor:
-No te preocupes por tus padres, Lula. Yo iré a decirles que estás bien. Ellos no me verán, les hablaré mientras duermen. Así, confiarán.
-Pero... ¡van a comenzar a buscarme! Y no deben descubrir a los duendes!
-Es cierto. Entonces... ¡ya lo tengo! Crearé una Lula repetida, idéntica a ti. Será tan parecida que no lo notarán. Luego, a tu regreso, en un plisplás, desaparecerá como una pompa de jabón.
-¿Puedes hacer eso? -dijo la niña.
-¡Sin problemas!
-Pues, corre, que no me echen de menos.
-¡Allá voy!
Y dicho esto, desapareció dejando un hilito de vapor blanco suspendido en el aire.
Cuando llegó a la casa de los papás de Lula, aún no estaban preocupados pero ya la estaban llamando. Entonces, el hada dijo unas palabras y con su varita mágica creó una Lula idéntica a la de verdad. “¡Fantástico!” se dijo. Y la dejó allí como si nada. Los papás no apreciaron la diferencia y se tranquilizaron. En este momento, el hada comprendió el significado de su nombre, tenía el poder de crear el reflejo de las personas. Y con una sonrisa de satisfacción, regresó a la cueva.


A la mañana siguiente se pusieron en camino hacia las altas montañas. En seguida, llegaron a un valle junto a un gran río. El sendero transcurría por la margen izquierda, entre una vegetación frondosa. De vez en cuando, se detenía el viento y todo quedaba en un silencio intrigante. Los pájaros callaban y en el aire suspendido se detenía el tiempo. De pronto, saltaba el fuerte viento moviendo con energía las ramas de los árboles.
La comitiva iba en silencio. Cuando el viento callaba, observaban a su alrededor, pues, sentían cierto olor extraño en el ambiente. Al volver el río, tras un recodo muy pronunciado, se intensificó el olor. De pronto unos gritos estridentes salieron de detrás de la arboleda formando un ruido espantoso. Un grupo de aves negras levantó el vuelo con una actitud impetuosa, pasando muy cerca de ellos en vuelo rasante. Los duendes se quedaron paralizados. Muy quietos y arrimados a los arbustos, los enormes pájaros negros pasaron de largo, río abajo, a gran velocidad. No los habían visto.
-¡Son las mismas aves que se llevaron a los niños! -dijo un duende -ya no hay duda.
Luego, todo quedó en calma. Retomando el aliento, la anciana duende dijo:
-¿Cómo es posible que estén aquí? Aún no hemos llegado al lugar que nos mostró la esfera de luz.
-Estamos en su territorio y dominan la zona, debemos andar con mucho cuidado... -añadió. -Seguiremos caminando bajo el taraje muy atentos a todo.
Durante toda la jornada caminaron sin descanso y sin novedad. Por la tarde, el agotamiento los detuvo junto a un manantial que vertía en el gran río. Recogieron frutas de algunos árboles, tubérculos y hojas comestibles. Pescaron varios peces en el río y organizaron una buena cena. Una vez reconfortados volvieron a reunirse en círculo para encender la luz del corazón y hallar nuevas respuestas.


Cuando la esfera comenzó a despejarse vieron que los niños estaban elaborando unas bolitas de harina y se las daban a comer a las aves.
-¡Les están alimentando! -dijo Lula -¿cómo es posible?
-Ellos saben hacer las bolitas de trigo. Los duendes aprendemos eso desde pequeños y nuestros hijos también lo han aprendido. -dijo Iona.
-Están hechas con harina de cereales -dijo un duende, que se llamaba Tudor -yo tengo aquí algunas, ¡pruébalas!
Lula las probó y estaban riquísimas.
-¿Por qué les están dando bolitas a las aves? -dijo.
-Es un misterio que hay que resolver. Sigamos mirando en la esfera -dijo Iona.
Concentraron de nuevo sus fuerzas y la luz alcanzó su brillo máximo. Todos se hacían la misma pregunta:
-¿Para qué le dan bolitas a las aves y en qué lugar se encuentran?
Apareció, entonces, en la esfera una imagen que les dejó perplejos: eran ellos mismos sentados en círculo, tal como estaban ahora. Unas letras doradas decían:
“Permaneced donde estáis. Avanzad solo con el pensamiento”


Todos se miraron con expresión interrogante.
-¿Qué significa eso? -dijo Lula.
-Que permanezcamos aquí, en este lugar y resolvamos el enigma con el pensamiento -dijo el hada. Y eso fue lo que hicieron.

-Podría ser que las aves se han quedado sin alimento y necesitan que se lo hagan...
-No lo creo.
-Podría ser que los niños les estén haciendo bolitas para que no se los coman a ellos?
-Es posible. Esa es una actitud muy inteligente.
-¡Qué listos!
-¿Y dónde estarán?
-Da igual. Permaneceremos aquí hasta que veamos clara la solución al enigma -dijo Iona.
Así, continuaron conversando largo rato. Tenían claro que debían saber cómo recuperar a los niños sanos y salvos.
-¿Qué hacemos? -dijo uno.
-¿Cómo vamos a luchar contra aves tan grandes? -dijo otro.
-Hay que pensar algo y rápido -añadió Tudor -cuando se queden sin comida se los zamparán a ellos.
-¡No digas eso! -dijeron varios a la vez.
Entonces, Lula, que estaba muy callada, dijo:
-Busquemos la respuesta en el silencio.
-¿El silencio...?
-Sí. Dejemos la mente calmada, sin pensamientos. Aquietad las emociones. No dejéis pasad nada que no sea para solucionar la cuestión.
-¡De acuerdo!
A todos les pareció una buena idea y así lo hicieron. Sentados en círculo se concentraron y se introdujeron en el silencio mental. Entonces, la luz que brotaba de cada uno de ellos, se fue intensificando más y más. Tanto que los duendes comenzaron a elevarse del suelo. Tal cual estaban, sentados, se fueron elevando poco a poco, hasta una altura de varios metros.
Ninguno se sorprendió. Todos estaban muy centrados en dejar la mente en silencio y no dejar pasar pensamientos tristes. La luz los sujetaba y flotaban en el aire con la sensación de no pesar nada. Comprendieron que habían adquirido el poder de elevarse cuando no tenían pensamientos destructivos.
¡Ya tenían la solución! Si ellos podían volar, sorprenderían a las aves desde el cielo. Esto facilitaría las cosas. Solo tenían que concentrarse en su poder de dejar la mente sin pensamientos.
Pasaron toda la noche entrenando y probando su nueva fuerza.
Al amanecer, los duendes, Lula y Hada Reflejo estaban preparados para emprender el vuelo. Cada uno de ellos elegiría un ave y se encargaría de reducirla. Atacarían justo con el primer rayo de sol.

Continuará...

Cuento: Lula y Hada Reflejo


Lula y Hada Reflejo.

(Parte 5)
Carmen Rosa





Se concentraron con atención, rechazaron los pensamientos negativos y poco a poco se fueron elevando. Tomaron altura para observar toda la zona. Y pronto divisaron las aves, no muy lejos de allí. Estaban posadas en unas grandes rocas y parecían dormir. Los duendes niños estaban agrupados en un claro rodeados de un círculo de piedras y también dormían.
Hada Reflejo, que era muy rápida en su vuelo, se adelantó un poco, y retrocediendo luego, alzó la mano. Con un gesto hizo que le siguieran y descendieran en un claro del bosque.
-¿Qué ocurre? -preguntaron varios.






-Son muchas aves. No podemos luchar contra tantas a la vez. Tal vez sea mejor esperar a que se marchen algunas.
-Es cierto, son demasiadas para nosotros.
-Atacaremos más tarde, cuando haya un número que podamos afrontar.
-En algún momento levantarán el vuelo para ir a comer. Esperaremos escondidos y atacaremos, entonces, a las que queden con nuestros hijos.




Todos estuvieron de acuerdo. Al poco tiempo de esperar vieron como las aves se marchaban por bandadas y desaparecían en el horizonte.
Algunas de ellas quedaron con los niños duende. Entonces, la comitiva volvió a centrarse en silenciar la mente y levantar el vuelo, dirigiéndose hacia el lugar donde estaban sus hijos.
En el momento oportuno, Hada Reflejo hizo una señal y se lanzaron todos a gran velocidad hacia abajo, en busca de las aves guardianas.
Al verlos llegar los niños lanzaron gritos y las aves los descubrieron. Alzaron el vuelo y se entabló una lucha entre ambos bandos. Los duendes y Lula se enganchaban del cuello de las aves y las hacían caer al suelo. Las aves los picoteaban en todas partes pero los duendes eran más fuertes y finalmente consiguieron la victoria.
No tardaron mucho en conseguirlo, al poco rato, habían logrado reducir a las aves guardianas. Los duendes las sujetaron por el cuello a unos troncos de madera con unas cuerdas fabricadas por Hada Reflejo con su varita.
Una vez bien sujetas, liberaron a sus hijos, al fin, que saltaban de alegría y se abrazaban a sus padres emocionados. Abandonaron el lugar con rapidez, antes de que regresaran las otras aves. Y lo hicieron también ahora, concentrándose en el vuelo. Cada duende cogió a un pequeñín.
-¡Agárrate fuerte -les decían – ¡vamos a volar!



Y así, fue como pronto regresaron a casa.
Se detuvieron en la poza, junto al sauce, del arroyo, cerca del chopo y del olmo. Se abrazaron, se felicitaron agradecidos por la aventura vivida y se prometieron que nunca más descuidarían la atención de sus pequeños niños.
Entonces, Iona se dirigió a Lula y al hada:
-¡Adiós! Amigas -dijo – os estamos muy agradecidos a las dos por vuestra generosa ayuda. Nos habéis ayudado a confiar en los seres humanos de buen corazón. Y, lo que es más importante, en nosotros mismos.
Hemos aprendido una lección y si algún día, necesitáis nuestra ayuda ya sabéis donde encontrarnos.
-¡Sí, sí! -dijo Lula emocionada.
-Solo habréis de dar un suave silbido, tres veces repetido, en esta poza, junto al sauce, el chopo y el olmo. Nosotros responderemos a la llamada pues estos árboles son la entrada secreta al mundo de los duendes.
Así, se despidieron con gran respeto y emoción pues sentían que había nacido una gran confianza entre ellos y una hermosa amistad.
Los duendes se fueron dispersando con sus hijos y desaparecieron por los lugares más escondidos del bosque.
Lula y Hada Reflejo se miraron emocionadas y se dieron un fuerte abrazo.
-Ya solo nos queda -dijo el hada -hacer desaparecer a la niña “reflejo” que hice para sustituirte. ¿No querrás que haya dos Lulas?
-¡Es cierto! ¡Vamos rápido, que tengo muchas ganas de abrazar a mis papás!


                                                              
Continuará...