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lunes, 27 de junio de 2016

¿Quieres conocer Córdoba?


¡Cuidado si vas en abril...!
Revista Andarines. Crónicas y estampas.

El Patio de los Naranjos © Carmen Rosa Aguayo
Pasear para conocer CÓRDOBA
Ruta del azahar
En Córdoba, en abril, verdaderamente se puede comprobar que el aroma del azahar hace un amor más dulce que la propia miel. En esta ocasión acompañamos a dos personas, siguiendo el relato de Carmen Rosa, que se dieron cita en la plaza dede Judaleví
Los amantes despertaron exhaustos, después de una noche intensa de amor desbordado. Tras la ventana del pequeño hotel, las primeras luces del alba rompían con los sabores de lo que había sido una noche fascinante. Así pues, la mañana veía un campo de batalla en aquella acogedora habitación, ahora, toda desbaratada.
Se habían encontrado por casualidad en un restaurante de la Judería. Ella, sentada frente a una ventana, se sentía bien mirando aquella luz y el paisaje urbano tras los cristales. Sólo había un grupo numeroso de comensales que iban llegando por alguna suerte de celebración, debían ser profesores, gente educada. 
Andrea sacó un bloc de notas y comenzó a escribir como era su costumbre. Le encantaba pasear a solas por la Ciudad y refugiarse, luego, de miradas, en algún restaurante poco frecuentado, para sentarse de espaldas al mundo y saborear cada nuevo paseo. 
No escribía por trabajo sino por placer:
"Córdoba está en su momento culminante. Se prepara como una novia, para recibir a Mayo. Luego, ambos, estallarán de amor en un acorde intenso de sonidos y colores."
Un sorbo de cerveza le refrescó esta cálida sensación que le hizo flotar, por un momento, de satisfacción sensual.
Con un movimiento relajado evadió sus pensamientos tras los cristales durante un momento. Giró, luego, la mirada hacia su izquierda. El grupo de comensales que ahora terminaban de llegar llamó su atención. Uno de ellos la dejó paralizada. Creo que es. ¡No, no es! ¿O sí? ¡Sí! ¡Es él!
El cuerpo se le tensó en dos milésimas de segundo. Toda su paz, se esfumó de repente. "¡Dios mío, que no me vea!"
Mirando para otro lado, no dejándose ver, la emoción embargó sus sentidos como una ola, subiendo, desde los pies, las piernas, el vientre, el pecho. Se le encendió el rostro, se le volaron las ideas. Las cosas materiales dejaron de ser reales. Todo su ser cambió, se enervó como movido por un resorte. Era Él. Lorenzo la había electrizado.
Bebió varios sorbos de cerveza demasiado seguidos y su mente comenzó a frivolizar a gran velocidad. "¡Horror, se ha cambiado de sitio! -Pensó mientras miraba con el rabillo del ojo- ¡Ahora se sienta mirando hacia mí! Me ha visto. Me sonríe. Le saludo. No me ve. Está hablando con la chica que tiene de frente. Esa sonrisa no iba para mí."
Andrea miraba hacia otro lado. Intentaba releer sus notas. "Ardo de nervios por dentro. ¡Controla, tesoro, controla! Los movimientos al milímetro."
Miraba de nuevo hacia aquel lugar, aunque tenía que vencer una imaginaria resistencia que le ofrecía el aire al girar la cara, como si una enorme mano la estuviera reteniendo. Sin embargo, lo consiguió:
¡Me parece que., Dios! ¡Se está acercando! ¡Hay coño! ¡Que viene! Bueno... ¡Al toro, por los cuernos! ¡Vamos allá!
Lorenzo se había levantado al verla y se acercaba sonriente. Ella se levantó también para saludarlo.-¿Qué tal?-¿Cómo estás?-He leído tus escritos en la Web. -dijo Lorenzo mostrando una amplia sonrisa.-¿Sí? ("Las piernas, Andrea, que no se noten los temblores"). ¿Y qué te han parecido?-Me han gustado mucho.-Me alegro ("no cruces los brazos, que te hace gorda"). Te lo agradezco, me encanta que me lo digas, ¿dónde te metes?-En una sierra preciosa. Vengo asombrado.-¡Cuéntame todo! ("cambia de postura, ponte más mona").-¡Unos bosques muy extensos! ¡Unas encinas enormes! Una casita rural de unos amigos, un encanto.-¡Qué bien! ("El campo le ha sentado de maravilla, ¡qué guapo está!").-Me he quedado con ganas de volver allí de nuevo.-Sí, conozco el lugar. Es una sierra hermosísima.-Estoy comiendo con unos compañeros. ¿Te unes a nosotros?-Me encantaría pero, he quedado con una amiga. La estoy esperando.-Pues. ¡no me negarás luego un café!-De acuerdo. Un café. ¿Dónde?-¿A las cuatro en Judaleví?-Muy bien.Sujetando caballos desbocados, Andrea conversaba con su amiga delante del cubierto. Con una conversación que no sabía bien de qué iba. Con la cabeza en otro lugar. Varios metros más allá. Su mente la atosigaba aún. ("La espalda recta, que no te salga chepa, los movimientos elegantes"). Sonreía. Conversaba pero no estaba ahí. Estaba encendida. Le brillaban los ojos. Disimulando, comía con esfuerzo, intentando tragar cada segundo de aquel momento intenso.
El encuentro la había dejado francamente embriagada. Le echó la culpa a la cerveza, pero luego, recordó que era sin alcohol. ("Este Lorenzo me hace tambalear").Tras el almuerzo, se despidió de su amiga y se dirigió al apartamento, cerca de la Plaza de Judaleví. Donde horas más tarde había quedado con él. Tenía tiempo de descansar un rato. Luego, se dio un baño relajante y se arregló para la cita.
Se sentía feliz. Había recuperado toda la confianza en sí misma y ahora veía al hombre con simpatía y afecto. O quizás, se estaba engañando, para afrontar la cita con cierta relajación. Sobre el nerviosismo de aquel encuentro, había cargado las culpas al factor sorpresa y a su timidez. De esta manera logró convencerse y superar sus miedos.
Lorenzo, por su parte, también tuvo que hacer algunos esfuerzos para sobreponerse a la impresión que Andrea le causaba.
Sabía que ella le gustaba. Pero no se permitía dar rienda suelta a otra relación. Ya salió bastante dolorido de la anterior y cerraba su corazón a cal y canto. Aún se sentía vulnerable.
Pero. Abril llamaba a la puerta



A las cuatro en Judaleví
..
  • Plaza de Judaleví.
  • Plaza de Maimónides.
  • Calle Cairuan: Las Murallas
  • Plaza de Almodóvar. Cruz Roja.
  • Paseo de la Victoria
  • Avenida de la R. Argentina.
  • Avenida del Conde Vallellano
  • Puerta de Sevilla: Murallas
  • Aparcamiento.
  • Puente bajo la Avenida del Alcázar
  • Jardines de la Ribera: Río
  • Ronda de Isasa: Noria y Puente Romano.
  • Puerta del Triunfo
  • Mezquita, Patio de los Naranjos.
Ambos llegaron puntuales a la Plaza. Aquellos naranjos en flor desprendían un olor intenso que de inmediato les embriagó los sentidos. A la vez, también, levantaron la cabeza siguiendo el rastro de la flor.
Sonriendo tomaron asiento en la terraza de aquel restaurante, bajo los árboles y comenzaron una conversación muy especial.
No había bullicio en aquel rincón soleado. Apenas, varias personas que se volatilizaron como por encanto a los ojos de la pareja.
Ella conversaba y sonreía confiada. Él observaba amable, reflexivo. La tensión de unas horas antes, había dado paso a una suerte de pequeñas sensaciones agradables.
Tomaron una infusión y decidieron pasear.
-"Busquemos el azahar" -dijo ella.
Desde aquel momento, la hermosa flor se les unió y fue una constante guía.
Por las estrechas callejuelas salieron a la Plaza de Maimónides. Junto a las viejas murallas, toda una hilera de naranjos espléndidos les marcaba el camino. El murmullo del agua del canal daba los sonidos de fondo a una conversación divertida. El piso empedrado les obligaba de vez en cuando, a saltear algunas piedras mal colocadas y a rozarse levemente sin pretenderlo ninguno -al menos aparentemente.
Ni Andrea ni Lorenzo querían reconocerlo, pero era evidente que algo había surgido bajo los naranjos.
Llegaron a la fuente de la Puerta de Almodóvar y doblaron hacia el Paseo de la Victoria. Allí se encontraban los coches de caballo y hasta hace pocos años, se ubicaba la Feria de Mayo.
La flor les indicaba en línea recta. Todo el Paseo se hallaba al máximo de su potencial oloroso. Los azahares se desbordaban volviendo blancos los verdes.
Cada árbol, como una droga suave, sumaba un tanto de sensualidad sobre las palabras, los gestos, las sonrisas, etc., de Lorenza y Andrea.
Él hablaba ahora sobre sí mismo, sus amistades, circunstancias. Ella escuchaba realmente interesada.
Los jardines de la Victoria estaban espléndidos: lilos en flor, plátanos, paraísos, un sin fin de variedades de árboles y plantas en toda su plenitud.
Un giro a la izquierda los condujo a La Avenida de la República Argentina para bajar lentamente por Conde Vallellano hacia la Puerta de Sevilla.
En ella, otra vez las murallas de la antigua ciudad, les salían al encuentro.
Continuaron junto a ellas y volvieron a escuchar la pequeña corriente de agua que transcurría canalizada hasta el Río.
El camino de albero se fue estrechando, poco a poco, flanqueado, a la izquierda por la muralla y a la derecha, por otro alto muro coronado de jardines y arboleda.
Los naranjos seguían acompañando a la pareja que veía estrecharse, también, el cerco que los rodeaba.
El camino pasaba bajo la Avenida del Alcázar y venía a dar al Guadalquivir. Unos jardines permitían continuar la marcha junto al Río. Que fluía manso por esta parte. No se escuchaban los ruidos de la Ciudad. Sí, los cantos de las aves de los cercanos Sotos de La Albolafia.
Un banco les ofreció un descanso. Ellos lo aceptaron gustosos. Se sentaron y. se hizo un silencio intencionado. Entonces se impusieron los murmullos. Atentos. Ambos observaban con interés. Se encontraban cómodos. Apenas movían un músculo. Reinaban las aves, el aire, el agua.
Andrea respiró hondo, con cuidado. El sol calentaba los rincones del jardín y, también, sus sentimientos. Acababa de descubrir que a Lorenzo, le gustaba el silencio. Y, al igual que ella, sabía apreciarlo.
Andrea lo miraba fugazmente y se encontró con la mirada de él. Una sonrisa directa a los ojos. Un instante que se eternizó. Con un gesto rápido retiró la mirada.
Él también.
Ambos se guardaron esa sonrisa en un lugar muy seguro del corazón.
Sobre el suelo, de pronto, dos gorriones rivalizaban entre sí con cierto escándalo. Llamando su atención. Un tercero observaba dando pequeños saltos en rededor. Debía ser la hembra. Ellos seguían callados y atentos. Miraban el juego de las aves y sintieron de nuevo la llamada de Abril. Algo quería salir de allí con mucha fuerza. Pero. Ninguno se movía. Solo los pájaros continuaban con su trifulca de celos.
Sabia Naturaleza, que no pone límites a aquello que no debe llevarlos.
Al poco, continuaron el paseo y llegaron junto a la escalera de piedra. Un senderillo les acercó a las ruinas del Molino de Kulaib. Ante ellos apareció la hermosa Noria de la Albolafia.
Se diría que estaba observándolos. Quieta, alta, recia, desde las alturas de piedra. Abril mostraba allí una gran difusión de verdes salvajes. Del jardín recortado habían pasado a la naturaleza libre. No sólo las aves tenían alas allí. Todas las planteas crecían sin ataduras bajo el reinado de la vieja Noria.
Lorenzo y Andrea seguían evitado el más leve roce entre ellos. Ambos se ponían límites. No obstante sus sensaciones iban en aumento y tomaban fuerza a cada paso, en dirección contraria a la de sus pensamientos.
Podían sentir cómo Abril susurraba a la Noria palabras de amor.
Andrea sintió un ligero escalofrío y se le erizaron los bellos. Lorenzo, con las manos en los bolsillos, mostraba un cuerpo esbelto y atractivo. Con aire decidido, se acercó un poco más a Andrea y quiso decir algo pero, se contuvo.
En aquel momento una ratilla de agua cruzó a nado un pequeño canal entre dos islas. La observaron curiosos como se alejaba con rapidez, luchando contra la corriente. Lorenzo dijo:
-Vamos. Hacer rato que no se siente el azahar.
-Cierto. No perdamos el rastro.
Ahora, la Noria le decía a su galán:
-¡Lástima! Al menos lo hemos intentado.
-No desconfíes -respondía Abril- Ya llevan su carga. Una pequeña chispa y. ¡Pum!
La risa de Albolafia retumbó como un trueno y temblaron los vientos levantando remolinos. Bombas de intenso aroma descargaron sobre los paseantes, que, de esta forma, retomaron su rumbo.


..
La Torre de la Mezquita, vista desde el Patio de los Naranjos © Carmen Rosa Aguayo
-El patio de los Naranjos. ¡Qué belleza!
Entraron por la puerta de la calle Torrijos y el espectáculo fue digno de aquella tarde de abril. Un golpe de aire les trajo un intenso olor a la flor guía. Más que a los monumentos se acercaron a los naranjos.
La pequeña florerilla blanca reventaba de placer formando un mosaico blanco y verde. Las diminutas partículas de polen caían casi imperceptibles y se podía escuchar un leve zumbido de abejas. Igualmente, el canto de las aves se hizo sonoro a los oídos atentos.
Sólo faltaba el murmullo del agua y se acercaron a la fuente. Andrea dijo:
-Mira el fondo. La verdina tiene un color especial. Indescriptible.
-Hay algo aquí mucho más especial que todo esto.
-¿Qué? -dijo ella.
-Pues. tú, Andrea, estás preciosa.
...
Patio de los Naranjos © Carmen Rosa Aguayo
Andrea sonrió un poco emocionada y bajó la mirada. El agua de la fuente estaba helada. Bordearon por la izquierda y contemplaron la Torre. Decidieron subir a lo alto. En la oscuridad del interior, alumbrado sólo por algunas ventanucas y saetas, sentían que la distancia entre ellos se acortaba cada vez más.
-¡Andrea! - sonó la voz grave de Lorenzo.
-¿Qué? -contestó ella casi en un susurro.
-Quisiera decirte que., - acercándose a ella, le tomó la mano y la puso en su pecho -quería decirte que algo está a punto de estallar dentro de mí. Los azahares me han vuelto loco y no puedo callarlo más.
En la semioscuridad, los ojos de Andrea brillaban y se podía escuchar el pulso acelerado y fuerte.
-Sí., lo sé.
Entonces se acercaron aún más, lentamente. Recorriendo sus labios una distancia interminable.
Y un beso suave, tímido en su comienzo, se convirtió en el estallido cálido de dos cuerpos erizados que correspondían sin límites al deseo, largo tiempo sujetado.
-Lorenzo.
-¿Qué?
-Esta Ciudad se ha propuesto enamorarnos.
-Sí. Nunca me había sentido tan cerca de ella, como ahora.
-El azahar hace una miel muy dulce. ¿Crees que su aroma conseguirá esos efectos sobre el amor.?
-Solo hay una forma de saberlo.
-Vamos.
Ya en la habitación del pequeño hotel, los amantes se buscan, 
se vuelven, se abrazan.
Un segundo, quedan quietos,
con las fuerzas desatadas.
El instante da una vuelta.
Una mirada. 
Los amantes, inmóviles,
comienzan la vieja danza.En Córdoba, en abril, verdaderamente se puede comprobar que el aroma del azahar hace un amor más dulce que la propia miel.
© texto y fotos Carmen Rosa Aguayo abril de 2003



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Cueva del Tinterillo
Una "aventura" en la Sierra del Torcal . Antequera (Málaga) 
Carmen Rosa Aguayo
..
Subimos en el coche a la Sierra un grupo de siete amigos. Era reducido pero bueno. El tiempo estaba rebelde, anunciaba lluvia abundante, se veía algo más claro aquí, en el pueblo, pero negro y espeso en la Sierra.
Comenzamos la marcha despacito, disfrutando de la compañía.
La niebla nos animó a dirigirnos hacia la Casilla de los pastores, una cabaña hecha de piedra bajo una gran hendidura de roca. Allí desayunaríamos resguardados de la lluvia, que no era intensa pero sí constante.
Al pasar por el “Tintero”, alguien propuso entrar a la cueva.
Fue tan tremendo que no pudimos sino reírnos.
Entramos primero las mujeres, Rocío y yo, con Joaquín. La entrada hay que conocerla porque apenas si se ve de pequeña. Es una sima como otras tantas del Torcal, de manera que el acceso es muy vertical y difícil.
Estaba todo lleno de agua y de barro muy resbaladizo. Joaquín soltó la mochila para ayudarnos y un sonido nos indicó que algo caía. “Plof, plaf, plof...
-“¡Oye! ¡Escucha! ¡¿Qué es eso?! ¡Horror! ¡La mochila! -dijo Joaquín-
-¡Voy a buscarla! Y se fue, Joaquín, tras ella como un rayo.
Rocío y yo nos miramos a oscuras, no nos vimos la cara de espanto, pero la intuimos...
La mochila estaba en la boca del abismo y el suelo prometía un resbalón en cualquier momento.
-Joaquín, ¿dónde estás?
-¿Ves algo?
-No. No veo nada, está muy oscuro... Esta mochila no la pienso perder...
Silencio.
-Joaquín, ¿dónde estás?-repetía yo.
-¡Déjalo! ¡No vayas más abajo!-decía Rocío.
-¡Ten cuidado, por Dios!
Silencio.
A todo esto, seguían entrando por el estrecho boquete.
Parecíamos croquetas emborrizadas. Chorreando agua, agarradas a las rocas mojadas y embarradas donde nos estábamos dejando las uñas...
-Rocío, ¿dónde estás? -dije.
-Aquí, aquí. Yo no me muevo. -contestó.
-¡Ay!, !que me resbalo! ¡Cuidado! ¡Joaquíiin!
De pronto, se oyó un golpe y se hizo el silencio... La tensión llegó a su límite.
-¡Aquí está! ¡La encontré! -sonó la voz de Joaquín con gran alivio.
-¡¡Uf!! ¡Por fin! -soltamos las dos casi al unísono.
-¡Sube ya, y quítate de ahí!
-¡Venga, salimos, aquí no se puede estar! -dijo él.
-¡Cuántas goteras! ¡Estoy empapada! ¡Media vuelta, Pepe!
Poco a poco fuimos soltando las piedras, donde estámos casi adheridas, y abrazando otras para no resbalar más. Hacia arriba, donde se veia la claridad del boquete de entrada...
-¡Al fin fuera! -pensé con agrado. ¡Esto es como nacer de nuevo!
-¡Qué odisea! Hala, vamos a la Casilla de los pastores!
-!Mejor será!
-Pero..., deja que te limpie la cara, que la tienes cubierta de barro...
-Pues no soy la única... Ja,ja,ja
-¡Poneros ahí, que este momento hay que inmortalizarlo. ¡Foto! ¡Plaf!

© Carmen Rosa octubre 2002

Antequera la bella: momentos de luz

Camino de Las Arquillas

 Fotos de María Dolores García




Cerro de la Cruz
 Foto de Carmen Rosa




El Torcal

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por Carmen Rosa Aguayo






Fotos de Manuel Benítez